El día que Enzo Ferrari, Il Commendatore, lloró
Nadie quien se jacte de hablar del mundo del motor puede desconocer a la figura de Enzo Ferrari. Respetuosamente apodado Il Commendatore, su carácter férreo e impasible lo antecede. Más aún sorprende escuchar que tal carácter, digno del fundador de una de las casas con mayor historia dentro de los circuitos a nivel mundial, fuera quebrantado un 8 de Agosto de 1982 por la emoción y la devoción hacia su propia marca.
Enzo Ferrai: Una vida marcada por el éxito y la tragedia
Enzo Ferrari nació un 18 de Febrero de 1898 en un granja en el valle de Po, al norte de Italia. Desde el año 1908 ya mostró un interés particular por la competición de automóviles. Marcado por dicho interés, comenzó a estudiar ingeniería mecánica por pedido de su padre. La temprana muerte de su hermano Dino Ferrari durante la Primera Guerra Mundial y el posterior fallecimiento de su padre durante 1916 dejaron a Enzo completamente solo en el mundo, en una Italia consumida por la posguerra.
Ferrari comenzó a trabajar en la sección deportiva de Alfa Romeo en el año 1919. Luego del fracaso inicial del coche bautizado como P1 (fracaso que le arrebató la vida al piloto italiano Ugo Sivocci), el éxito cosechado por el nuevo coche P2 lo posicionan al frente de dicha sección. El 1 de diciembre de 1929, Enzo sembró la semilla de lo que a futuro se convertirá en la Scuderia Ferrari.
El nacimiento de la marca
En el año 1940, después de romper relaciones con Alfa Romeo, nace Auto Avio Construzioni Ferrari, empresa que tras la culminación de la Segunda Guerra Mundial y la caída de la Italia fascista construye el primer vehículo de competición Ferrari, bautizado como Ferrari 125.
El mismo Enzo Ferrari lo catalogó como un fracaso prometedor luego de que, faltando tres vueltas para el final, el coche se vio obligado a retirarse debido a una falla en la bomba de combustible. De allí en adelante, Ferrari nunca más asistió a una carrera donde estuvieran sus creaciones. Sin embargo, Enzo demostró su punto: nació una leyenda de los automóviles de competición.
El fatídico año 1982
Nadie puede poner en tela de juicio que después de una vida marcada por el éxito y la tragedia personal, el carácter del hombre que supo forjarse a sí mismo una leyenda sea un poco menos que impasible. Con 84 años cumplidos, Il Commendatore se encontró al frente de una escudería repleta de ingenieros de primera calidad y una dupla de pilotos muy prometedora.
Una de las particularidades de Enzo Ferrari fue la de elegir personalmente a sus pilotos. Luego de romper relaciones con la leyenda automovilística Niki Lauda en el año 1977, Ferrari eligió personalmente a un canadiense desafiante, Gilles Villeneuve. Il Commendatore le tomó tanto aprecio que llegó a tratarlo como a su propio hijo. Jody Scheckter resultó campeón en el año 1979, con un Villeneuve subcampeón y la Scudería en lo más alto del podio de constructores.
Luego de una temporada de 1980 para el olvido Ferrari fichó por un francés, Didier Pironi, quien había demostrado su valía a los mandos de sendos Ligier y Tyrrell. En 1981 la escudería del Cavallino Rampante estrena su propio motor turbo, logrando un coche que combinó la mejor relación velocidad/fiabilidad de toda la parrilla en dicha temporada. Todo apuntaba a que en 1982 Ferrari lograría posicionarse en los lugares de privilegio.
La temporada 1982 no arrancó tan prometedora como se esperaba. Renault poseía un coche más veloz, pero también menos fiable. Luego de que la escudería francesa retiró sus coches por problemas mecánicos durante el Gran Premio de San Marino, Ferrari firmó un increíble 1-2 de la mano de sus pilotos estrella.
Pero lo que por fuera parecía un sueño hecho realidad, por dentro era una pesadilla. Pironi desobedeció las órdenes de equipo y adelantó a Villeneuve. Dicha movida del francés la gota culmine que derramó el vaso. Villeneuve, se sintió traicionado por su propio compañero de equipo y por la escudería que lo vio consolidarse como piloto. Presa de la ambición, el canadiense encontró la muerte dos semanas después, durante la sesión de clasificación del Gran Premio de Bélgica.
Fue un duro golpe para Il Commendatore, quien sintió como si le hubiesen arrebatado a su propio hijo. El mítico Ferrari número 27 requería un piloto para proteger los puntos obtenidos hasta la fecha y catapultar a Pironi a un eventual título de pilotos. Patrick Tambay se posicionó como el reemplazo del fallecido Villeneuve y el rendimiento de Pironi finalmente se estabilizó.
El llanto de desahogo
Durante la sesión de clasificación del Gran Premio de Alemania en el circuito de Hockenheim, Didier Pironi golpeó al Renault del francés Alain Prost. El piloto de Ferrari sobrevivió a la colisión, pero sus heridas tardaron mucho tiempo en curarse adecuadamente, lo que significó un final abrupto a su prometedora carrera como piloto de Fórmula 1.
La Scudería se vio malherida, con un piloto fallecido y otro completamente incapacitado en el transcurso de meses. “Addio mondiale” fueron las palabras con las que Il Commendatore recibió a Harvey Postlethwaite, mente maestra detrás del diseño del robusto Ferrari 126 C2.
Ese mismo domingo 8 de Agosto de 1982, el mismísimo Ferrari le solicitó a Postlethwaite que permaneciera junto a él para ver la carrera por televisión. Pironi había marcado la pole position, pero ante su retiro forzoso el primer lugar de la parrilla se encontró vacante. Nelson Piquet lideró casi toda la carrera hasta su colisión con Eliseo Salazar. Luego de dicho incidente, Tambay tomó la delantera en el único Ferrari en competición, ganando por más de 16 segundos sobre René Arnoux en el Renault. Il Commendatore lloró. Lágrimas de frustración por el fallecimiento de su piloto predilecto, de emoción por una nueva victoria de la escudería que lleva su nombre, pero sobre todo lágrimas de desahogo por un año 1982 que terminó siendo más trágico de lo esperado.
Ferrari se llevó el título de constructores ese año gracias a la perseverancia de su fundador, quien supo sobreponerse a la tragedia para comandar a un equipo sumido en la tristeza. Por una vez, aunque sea por un solo día, el rostro férreo e impasible dio lugar a la compasión. Y Enzo Ferrari lloró.