Bernie Ecclestone, el último camaleón
Corren tiempos de muchas decisiones por estos días en la Fórmula 1. Esta afirmación bien podría pecar de obviedad, teniendo en cuenta que apenas breves días atrás el Grupo Liberty, oriundo de los Estados Unidos, propagó, con su billetera abultada, la noticia de haber adquirido el paquete máximo en las acciones de la categoría máxima del automovilismo mundial.
Sin profundizar demasiado en la marca que este sismo ha dejado asentado en la escala de Richter, es preciso prestar atención a las réplicas que se ha dejado escuchar en los diversos foros, acerca de lo que se genera con este pase de manos sobre el control de la Fórmula 1 y las posibles consecuencias. Los mensajes de algarabía y esperanza de algunos conjuntamente con el dibujo de horizontes pesimistas de otros. Todos en el mismo tono bajo, tenue, y grisáceo que suele acaparar casi siempre la incertidumbre.
Lejos de hacer futurología, hay ciertos accionares en el mundo de los negocios que no cambian. No importa si esos acuerdos se hacen en Pekín, en Londres, en Nueva York o tal vez en Buenos Aires; hay una máxima que casi siempre se respeta: el que compra e invierte… quiere ganar dinero. Siempre. Y para eso, debe tomar el control y a lo sumo pagar a los mejores asesores para cumplan su función. Pero rara vez sucede que quién deposita la cifra astronómica de 8 mil millones de dólares, pretenda dejar todo como está e irse a dormir la siesta. Liberty no será CVC, que lo único que bregó fue por la rentabilidad de las finanzas.
Ni bien los micrófonos del mundo anunciaron el acuerdo, con la misma rapidez con la que, de niño hacía negocios con sus compañeros de colegio, Bernie Ecclestone anunciaba que le habían pedido que se quedara “al menos por tres años más” como CEO de la empresa, que ahora pasará a llamarse Formula One Group. Jugada astuta del octogenario, saliendo al cruce y sentándose a la mesa antes de que sirviesen la cena; una movida genuina «made in Ecclestone» desde hace más de cuarenta años. Jean-Marie Balestre, ex -presidente de la FIA debe estar riéndose de la indignación, donde quiera que se encuentre.
Inmediatamente luego de este suceso, diversas voces se erigieron con versiones donde dejaban en claro ciertas tendencias que se contraponen con la política vertida por Bernie durante todos estos años: tickets más baratos, mayor número de carreras en Europa y una búsqueda masiva de una audiencia entre los jóvenes que lejos se encuentra de, a mi entender, aquella desafortunada frase cuando el mismísimo Ecclestone confesó que el único público que le interesaba para la F1 eran “los mayores de 70 años, multimillonarios”.
Se verán cambios graduales que probablemente renueve muchas de las plataformas que posee la categoría reina del automovilismo, que se posicionará más cercana al siglo XXI que nunca, con una revolución comunicacional sin precedentes que provocará que la marca F1 se convierta en el juguete preferido de ese niño caprichoso al que llamamos globalización. Una mala noticia para los puristas, aunque a decir verdad, este fenómeno tardío no termina modificando finalmente lo inevitable de su llegada.
Tanto John Malone, como Chase Carey y como el mismo Ecclestone están al corriente de que la necesidad tiene, hoy más que nunca, rostro de hereje. Se necesitan todavía entre ellos. Demasiado; pese a las diferencias que posiblemente no se podrán ocultar. De un lado entenderán que aún están algo verdes para salir a escena y que necesitan un tiempo lógico de aclimatación para poder dar pasos en terreno firme.
Allí aparece del otro costado, el pequeño inglés, el padre de la criatura, que sabe interiormente que la F1 ha sido el traje principal de su existencia, del que no está dispuesto a renunciar y que, de ser necesario (como tantas otras veces), se inmiscuirá como el camaleón, adoptando el color que mejor le convenga para continuar con vida, mostrándose abierto y discursivo cuando le convenga, aunque alimentándose en el silencio donde siempre llevó adelante sus negocios; a la espera de una inexistente jubilación que, tanto para estos reptiles como para el Gran Bernie, nunca espera y que por tanto, nunca llegará.