Gran Premio de Francia de 1979: la madre de todas las batallas
Hoy vamos a revivir la que desde siempre ha sido una de las mejores carreras de la historia, y no, no es por contar con una victoria magnífica o similar, ya que los protagonistas tan solo luchaban por el segundo y tercer puesto. ¿Quiénes eran? René Arnoux y Gilles Villeneuve. Para ello tendremos que retroceder hasta 1979 y localizarnos en el circuito de Dijon con motivo del Gran Premio de Francia.
El equipo Renault llegaba a la cita de casa con un equipo en el que todos los integrantes eran franceses. Su mecánica, un primitivo motor turboalimentado, ya era capaz de aniquilar a todos los rivales en ciertos circuitos, y el de Dijon eran uno de ellos, como demostró la primera línea ocupada por Jean Pierre Jabouille y René Arnoux.
Tras partir en 3ª posición, Villeneuve adelantaba a los dos franceses en la salida, con Arnoux perdiendo posiciones a mansalva. A partir de entonces se desarrolló una carrera monótona y aburrida. Hacia el final, concretamente en la vuelta 47, Jabouille daba cuenta del piloto de Ferrari en la recta principal donde el Renault podía sacar pecho de su motor turboalimentado. Sin embargo, lo mejor estaba aún por venir.
Por su parte, Arnoux tamabién se apuntó la caza de Villeneuve hasta adelantar al canadiense casi final, presagiando un doblete francés en casa, nadie se esperaba que las dos últimas vueltas quedarían grabadas en la memoria de todo aficionado a la Fórmula 1.
La fiabilidad del Renault de Arnoux empezaba a dejar que desear y su motor comenzaba a ratear ligeramente. Esto provoco que tuviese que reducir el ritmo, lo que provocó que Villeneuve se le echase encima y adelantase a final de la recta principal, bloqueando. Al limite. Contra todo pronostico, el francés se defendió y aguantó el ataque permaneciendo en paralelo durante toda la curva. Comenzaba así una de las batallas más épicas que se recuerdan.

Solo una vuelta después, la última de la carrera, Arnoux le devolvía la jugada en el mismo punto, momento en el que ambos comenzaron un frenesí de adelantamientos y toques entre ellos. Se salían de la trazada, de la pista incluso, pero mantenían el tipo mientras se estaban jugando la vida más que nunca para regocijo de los espectadores. Sin embargo, la moneda caería de cara en la mano del piloto de Ferrari, quien cruzaría la linea de meta en segunda posición con el Renault pegado a su alerón trasero.
El momento más trepidante de la carrera aún continuaba tras el banderazo, y es que mientras el resto de pilotos saludaban a las miles de personas allí congregadas, Arnoux y Villeneuve se saludaban entre ellos satisfechos, hasta llegar a un emotivo abrazo al bajarse del monoplaza.
Incluso Jody Scheckter, compañero de Villeneuve y presidente del Comité de Seguridad de Piltotos tuvo que darle un toque de atención al canadiense por lo ocurrido en el circuito de Dijon.
“Pude hablar con él tranquilamente y decirle que era tonto del culo. Era lo suficientemente inteligente para saber que hizo algo estúpido y que así no duras mucho. Le gustaba esa idea de chocar las ruedas, de ser de esa manera. No lo admitía, pero en el fondo se dio cuenta que fue una locura”, declaró el sudafricano.
De hecho, para el siguiente Gran Premio, en Silverstone, Arnoux recuerda que se organizó una reunión de pilotos en las que todos los integrantes de la parrilla les comentaban de tontos como poco. Y cuando Lauda lo dijo le contestó.
“Sí, peligroso para ti y para Gilles, pero no para mí y para Gilles. No podrías hacer eso porque ¡tú hubieras levantado el pie!”, gritó.
Años más tarde, el propio Arnoux reconocía lo siguiente sobre aquella batalla que quedará para la posteridad:
“Sólo podías tener ese tipo de pelea con Villeneuve. Creo que teníamos el mismo temperamento, el mismo concepto de la competición y el mismo hambre de ganar. Él confiaba en mí, y yo confiaba en él…”, finaliza Arnoux.